viernes, 28 de junio de 2013

Pequeña-Gran historia de mis motos.




Ya conté una vez cómo comencé a montar en moto: /montesa-brio-82-1959,  en una Montesa Brío 82 de 1959 pero lógicamente no la conducía yo, me dejaba llevar por el mejor padre del mundo. Paseos con nuestra perrita Bruja, sobre todo por el campo para ver las tierras o caminar para disfrutar del monte y “ver caza” como mi padre decía.

El año que cumplía 18 años mi padre me dejó montar en la moto, aún sin tener el carnet de conducir, y me dedicaba a dar alguna vuelta que otra por el pueblo pero poca cosa.


Antes siempre había usado el Vespino NL de mis hermanas, el pobre que con sus pegatinas de Snoopy –cosas de los 80- aguantó más de lo que era de justicia pedirle y nunca se quejó. Pasó a las manos de mi padre, porque ya la Montesa daba guerra constantemente y necesitaba cuidados de moto clásica, y el pobre Vespino tuvo que reemplazar las tareas de la Brío 82, por caminos agrícolas y llenándose de polvo día sí y día también.


Ese año, mi padre prácticamente dejó de usar la Montesa, el arrancar a palanca era un suplicio para él y decidió dejársela a Tomás, del que ya hablé también aquí, un amigo de la familia que restaura motos en el pueblo. Mi padre buscaba algo más pequeño y sencillo que no fuera el Vespino,  que se quedaba corto para muchas cosas y era de mis hermanas y para poder montar por el pueblo, ir a las tierras por si había que hacer alguna labor agrícola, etc. La elegida es una moto española, sencillita y asequible, la Derbi Country de 1992.

 Un modelo básico de la –desaparecida prácticamente- marca de Martorelles que cuenta con todo lo que mi padre necesita. Le instalamos un transportín detrás y a tirar millas. Por supuesto, mi padre la utilizaba para pasear por caminos agrícolas a ritmo tranquilo, pero cuando me la dejaba a mí, era para “hacer el bestia”, la metía por trialeras, roderas y senderos de cabras, más o menos por dónde metía la bici de montaña- Claro, ahí la pobre mostraba sus limitaciones; frenos de tambor que se calentaban rápidamente y no frenaban como debieran, suspensiones que hacían tope al mínimo salto, etc. Pero me sirvió para tener más libertad y darme vueltas por el campo sin apenas problema.


En el año 1991 me había sacado el carnet de conducir pero no tenía muchas prisas en tener moto, no la necesitaba y con el coche de mi hermana y la Derbi de mi padre me manejaba bien. Me dedicaba más a jugar al baloncesto y a mi nueva pasión, el MTB, dedicándole bastantes horas, las que le arañaba a estudiar  y la moto grande la veía como algo lejano, pero siempre tenía el gusanillo de irme por ahí de ruta.


Yamaha SR 250 “Special”


Con la ayuda de mis padres, el dinero que tenía ahorrado –vendimias, trabajos ocasionales, etc.- me compré mi primera moto.  Tras leer la comparativa en la Revista Solo Moto 30 entre la Yamaha SR 250 Special y la Suzuki VN 250, me decanté por la Yamaha, algo más grande de tamaño y más cómoda. En el pueblo, Juan “Cubano” tenía un taller para motos, motosierras y maquinaria agrícola y me consiguió la moto. Era preciosa, de color negro, cómoda, con un asiento ancho y que imitaba el de las motos de Milwaukee, era todo lo que yo necesitaba para emular a Henry Fonda y dedicarme a recorrer carreteras por España. La equipé al cabo de los años, con pantalla, alforjas –de lona, nada de cuero- respaldo y unas estriberas adelantadas que no eran sino un manillar viejo de bicicleta. Mis primeros Pingüinos –en 1994-, primeros viajes con tienda de campaña y saco de dormir, las salidas por Cuenca, Guadalajara, Soria y Segovia. Los paseos hasta Alcorcón para ver a mí entonces “novieta” eran habituales. 


No he comentado que al poco de comprar la moto, tuve un problemilla con la junta de la culata y Juan, el mecánico del pueblo, no se entendía bien con la garantía de la marca y fue algo jaleoso, así que me busqué otro taller cerca. Pocos días antes había ido a Arganda del Rey a la “Peña Ciclista Arganda” para tramitar mi licencia como corredor de MTB, pensaba competir por libre, para probar y casualmente los que competían en ciclismo de montaña en arganda eran un club ciclista organizado desde el taller de Motos Haro, así conocí a mis ahora buenos amigos Paco, Pepe, Juan y entonces Ángel Luis. Al regentar un taller mecánico con buena fama, les pedí que me llevaran ellos la moto y se ocuparon de la garantía de la junta y de todo lo demás. Desde aquél año, ningún taller salvo el suyo ha tocado nunca mis motos, y ya ha llovido desde entonces.


La moto fue acumulando kilómetros sin apenas enterarme y con muy pocas incidencias –que las hubo, claro- y se me quedaba corta. Para ir y venir a Madrid la moto daba lo que podía –que no era mucho- y necesitaba algo más potente, el descubrir la versatilidad de las trail era el paso siguiente.


Honda XL 600V Transalp


No sé por qué, yo que soy más de campo que las amapolas, las primeras candidatas no fueron ni mucho menos camperas. Aparte de la Kawasaki Vulcan, que era barata y no estaba del todo mal, una de mis candidatas al principio era la Xj 600 Diversion que había salido renovada ese año, leí sobre ella en revistas, me acerqué a la tienda de Motos Cano, en la calle Princesa de Madrid, tienda decana en el motociclismo madrileño, para verla en directo y me pareció algo pequeña. Además, me gustaban las motos más grandes, más ruteras. En el taller de Paco, un cliente les había dejado una Transalp 600 de  1992 en bastante buen estado, me dejó probarla y volví encantado. Comparado con la Special era otro mundo. Me pareció una moto alta, grandota y rutera, justo lo que buscaba. Me decidí al instante.


Con la Honda Transalp el abanico de viajes y excursiones se amplió bastante, comenzaron así los viajes “largos” y de más de dos-tres días como habían sido hasta entonces con la Special. Incluso algún viaje que otro con mi entonces pareja, a la que no le gustaban demasiado las motos. Es una parte de mi vida motera que fue algo compleja, por un lado yo estaba deseando viajar con la moto y por otro mi entonces pareja no era nada, pero nada motera. Siempre he tratado de buscar una moto rutera, cómoda y buena dentro de mis posibilidades, pero no sirvió de mucho para que ella viajara conmigo. Pero bueno, como es parte “paralela” a la historia que importa en este cuento que es la de mis motos, sólo la trataré de refilón.

El caso es que mi Transalp, en color verde, con sus llantas de radios y aros dorados, me permitió viajar cómodamente y meterla por campo al mismo tiempo. El tener días libres entre semana –entonces trabajaba con turnos de rotación semanal- me permitía hacerme escapadas para visitar sitios cuando apenas había jaleo. 

Así visité Asturias, Cantabria, toda Castilla y león, gran parte de Castilla –La Mancha, ir con más comodidad a Pingüinos, etc. Al mismo tiempo, ampliaba mis excursiones por el campo como la pobre –y noble- Derbi no pudo jamás hacer; pistas y mañanas enteras sin tocar apenas asfalto comenzaron a ser habituales en mis salidas entre semana. Al vivir –entonces- a caballo entre Madrid, Guadalajara y Cuenca, tenía mucho terreno para recorrer por caminos sin que la GC se dignara en ir a por mí, además siempre he respetado los caminos, nunca he hecho campo a través y con cuidado al encontrarme con gente o ganado. Una gozada.


Además, en aquéllos años tuve la suerte de conocer a un buen tipo, comercial de una empresa de productos de regalo, de la que mi madre era cliente en su tienda; Antonio Perinha. Un aficionado al ciclismo –aficionado de verdad- que sin tener ni idea de montar en moto, aunque sí con el carnet de conducir correspondiente, se compró una Africa Twin, pidió a los de la tienda que se la llevaran a su casa, y tras rodar un poco por el aparcamiento de su edificio, se largó a Portugal con otro inconsciente, su buen amigo Valentín, y ambos se engancharon al mundo de la moto, Antonio de piloto y Valentín de pasajero. El cuarto de la pandilla lo forma Ángel un toledano que es mejor persona que ciclista y es uno de los mejores ciclistas que he conocido –y éste sí, a base de pasta y arroz- y comenzaron las salidas invernales por Gredos, Montes de Toledo, y nuestro pequeño viaje anual por España y también algo por el extrarradio, el viaje a Portugal en el 92 fue memorable.



BMW K 1100 RS.


Pero seguía la búsqueda de una moto cómoda y rutera y esta búsqueda pasaba, como no, por BMW, la marca paradigma de los viajes y la aventura. Buscaba algo cómodo, a ver si mi chica se animaba a viajar conmigo, y encontré una preciosa –la moto más bonita que he tenido y una de las más que se han fabricado- K 1100 RS, de color azul y asiento blanco –sí, blanco, a mí también me chocó al verlo-. Sinceramente, buscaba una K  1100 LT, mejor rutera y más cómoda, pero estaban escasas y caras, es decir complicado con mi sueldo más la hipoteca, así que tras probar la RS me decidí por ella. Estaba muy bien cuidada y me la dejaban equipada a tope. 

Qué moto, qué elegancia, cómo atraía las miradas de la gente en los semáforos –nunca me había pasado hasta entonces- qué aplomo, qué color, qué de equipamiento,  cómo andaba la señora. Aquí abandoné el campo, pero descubrí el mundo de las trazadas en curvas, el poder dar gas y que la moto te dé más y más y más, el echar gasolina, llenar las maletas –muy prácticas e integradas en la moto- y sólo decidir el destino. Una delicia de moto. 


Sólo encontré dos pegas; primera, al ser una sport-turismo el pasajero – de por sí reacio a la moto- no iba del todo cómodo, y que por una vieja lesión en mi muñeca izquierda, la postura me “mataba” cuando llevaba una hora conduciendo, llegando a dormírseme la mano por mala circulación. Tal fue que al final tuve que acabar mi relación con ella, y de verdad que si en ese momento hubiera tenido dinero, se hubiera quedado en casa. Si me pasa hoy, os aseguro que esa moto no se hubiera ido de mi garaje, no señor.

Pero bueno, se la vendí a Carlos, un tipo entrañable de Guadalajara, ya mayor y que quería una moto para salir con los amigos. Yo pensé que se estaba comprando demasiado caballo, pero desde luego, me da que cuidarla iba a cuidarla bien.





BMW F650 Funduro


Tras el “fiasco” de una moto de carretera, estaba claro que mi deriva motera me llevaba hacia las motos trail: motoscómodas, manillares anchos, aptitudes ruteras y camperas, etc. Cuando vendí la RS,  Paco mi mecánico vendía su GS 650, estaba algo “tuneada” en dakariana, pero no me importaba, tenía la garantía de ser la moto de un buen mecánico y que estaba muy bien cuidada. Además, alguna vez me la había dejado probar y me pareció una buena moto. Imagino que pensaréis que pasar de una 4 en línea con 100CV a un monocilíndrico de unos 37 CV es todo un cambio, pero lo cierto es que enseguida me hice a la moto, a su ronroneo, su comodidad, su escaso consumo, su poco peso, etc. Para los viajes que iba a hacer, me servía y me bastaba, así que encantado con la moto. 


Poco a poco me iba haciendo a ella igual que ella se hacía a mí, la pobre tras una temporada sirviendo a Paco para bajar desde su casa al taller y vuelta y algún recado por los alrededores de Campo Real, cae en mis manos que soy –ya menos- un culo inquieto. Vamos, que la moto apenas paró un instante. 
Tenía morriña del campo, echaba de menos marchar sólo por el monte, tranquilo y ver campo y poca carretera. Me empeñé en ponerle neumáticos de campo, algo lógico, pero en aquéllos años no era sencillo encontrar sobre todo para la rueda delantera de 19 pulgadas, así que pusimos uno que era para –teóricamente- una moto más ligera y a ver qué tal. 

¿Qué tal? Pues una gozada, no he disfrutado después tanto por el campo con una moto como aquél invierno, una auténtica delicia. Salía temprano por las mañanas, con el rocío helado en los olivos, las roderas crujiendo al paso de la moto, el silencio del campo yermo y la ausencia de gente. Nos caímos unas cuantas veces, pero en campo es algo normal. Volvíamos a casa, cansados, sucios y con algún que otro arañazo, pero felices como sólo pueden estar unos gorrinos en un maizal. Me encantaba. Pero claro, lo que tenía que pasar pasó y tanto va el cántaro a la fuente que al final, “zasca”: una bajada con hierba húmeda, un pedrusco de sílex sobresaliendo de la tierra pero tapado por la hierba, esa rueda delantera que pierde tracción y patina y esa moto –con motero incluido- que se va al suelo tan rápido que no da tiempo a soltar el manillar, ése golpe con el hombro derecho, ése crujido característico y en una décima de segundo, estábamos los dos en el suelo y mi hombro girando algo “loco”.


Ya lo contaré en otra ocasión más por lo menudo, pero clavícula rota, confirmada por los médicos, rescate digno del Dakar, esos tres meses de reposo “obligado”, ese miedo de nuevo a montar en moto. Incluso cuando volví a montar en la bici de montaña notaba que no era el mismo, las bajadas que anteriormente hacía rápido y desniveles que salvaba de un salto, me paraba porque me daban miedo, me bloqueaba, no me sentía seguro sobre la bici –tardé poco en venderla y pasarme a la de carretera-. Había cogido peso, estaba menos ágil, bueno un pequeño desastre. Así que con todo el dolor de mi corazón, me decanté por cambiar de moto, cuando apenas había disfrutado de la pequeña germana.


Honda XL 1000 V Varadero. La “carburada”.


Mi escaso presupuesto me volvía a la senda de las motos de segunda mano, la moto se la dejé a Paco mi mecánico y buscamos una solución. Al final, se la quedó él, ya que tenía un cliente que estaría encantado porque estaba buscando algo similar. De hecho, la moto la sigo viendo en el taller –ya suma unos buenos miles de kilómetros- y la he visto alguna que otra vez en marcha. Casualidades de la vida, un chaval de Morata de Tajuña ha dejado una Varadero 1000 en el taller porque se ha marchado a dar la vuelta al mundo –y el tío raro no se lleva la moto- y necesitaba efectivo para el viaje, así que dejó la moto allí a ver si Paco conseguía venderla. Había visto alguna y me había llamado la atención y tras leer pruebas y comentarios de algunos conocidos, me pareció una moto rutera, cómoda y con dos duros muy válida para todo uso, por lo visto la penalizaban el consumo –carburadores- y el peso. La probé y me encantó: grandota, cómoda, muy bien de precio y de un color bastante bonito. Adjudicada.
 
 


Fue la primera de mis motos en pasar de Francia, las anteriores habían recorrido el sur de Francia y los Pirineos pero no habían pasado de allí, con ésta moto, cualquier excusa para viajar era buena.

La moto tenía una buena base pero le faltaba algo de equipamiento, noté inmediatamente que la horquilla era excesivamente blanda –y desde el minuto uno eché de menos una sexta marcha-, que la cúpula se quedaba algo corta y pedía un juego de maletas más que otra cosa. Así que me puse manos a la obra y la equipé como me gustaba: defensas laterales, maletas, cúpula elevada y muelles más fuertes en la horquilla delantera. La convertí en una buena moto para viajar.


Y eso hice: viajar. Dos veces a Francia, una a Los Alpes, Pirineos, Portugal y gran parte de España. Una muy buena moto, que sólo me dio un problema, aunque fue demasiado recurrente ya que me dejó “tirado” en dos ocasiones: fallaba la bomba de la gasolina o el relé de la misma. Me falló una vez yendo a trabajar, en la incorporación a la M-40 desde la A-3 en Madrid y otra en unas vacaciones  en Gerona. Se cambió el relé y la bomba en Honda Figueres –se portaron realmente bien- y pude seguir viaje sin problema.


La moto hizo campo, viajes, excursiones, me llevó a trabajar a diario, como el resto de mis motos –con lluvia, nieve, frío o calor- y se portó siempre bastante bien. 

Pero a finales del año 2005 necesitaba un cambio, en lo personal, lo laboral y también de moto, que ya estaba algo mayor mi “Vara” de carburadores. Con 120.000 km. se quedó en el taller de Paco mientras yo le encargaba la segunda moto nueva –y última por ahora- que me compraba en mi vida: una preciosa Honda XL 1000 V Varadero de color azul.


Honda XL 1000 V PGM-Fi "Charo".


Recuerdo exactamente el día, el 17 de diciembre de 2005, me llama Paco para comentarme que les llegó ayer la moto y que hoy la montaban y que podía pasar a recogerla. No tardé ni cero coma en acercarme al taller a ver “nacer” a mi moto. La tenían en una plataforma, sin pantalla ni asiento porque estaban a punto de conectarle la batería. 


Se la ve bonita, con un precioso color azul y hasta que no le ponga los enganches para las maletas ni las defensas, está “virgen” por así decirlo, se la ve incluso vulnerable. Es una moto bastante grande y me recuerda en algunas cosas a mi “vieja” carburada, pero cambia en muchísimas más. Tras echar gasolina, darme los últimos consejos me la llevo haciendo el rodaje –que respetaré escrupulosamente- hasta casa para que la vea la familia. Es una sensación curiosa, el olor a parafina que se quema por el calor del motor, el olor a nuevo que desprende, me encanta. Para mi es algo novedoso, siempre había comprado motos –menos mi Special- que otros habían tenido antes y ya eran más vehículos que otra cosa. Esta moto era mía desde el principio y nos íbamos a conocer muy bien. Ya lo creo.


Es la moto que más y mejor he disfrutado, tiene ya siete años, camino de ocho, cumple esta semana 184.000 km. Y no me ha dado ningún, pero ningún problema, Es una moto noble, cómoda,  bonita, agradable de conducir, suave de mandos, segura, alta, veloz cuando quieres y tranquila si las dejas estar, poco “gastona” y por encima de todo muy fiable. 
Hemos viajado con ella por una buena parte de Europa, los puertos del Sistema Central los puede enumerar de memoria, me ha servido día tras día para ir al trabajo, para hacer recados por mi ciudad, para salir con los amigos, conducir por zonas de curvas muy ligera, hemos emulado a los mitos del Tour de Francia y del Giro, hemos conducido por campo junto a pilotos del Dakar –salvando las distancias, claro- hemos hecho caminos polvorientos y embarrados, hemos rodado con calor abrasador y con nieve y siempre ha arrancado a la primera y nunca ha hecho nada extraño.


Y lo más importante, a mi mujer, Almu,  le encanta, se siente cómoda con ella, hemos hecho 900 km. en algún viaje en un día y ha terminado con ganas de más, y le parece una moto muy bonita. Alguna vez que otra me ha pillado mirando de reojo a alguna GS Adventure o a alguna KTM 990 y me lo ha echado en cara. 


El mantenimiento ha sido el necesario, pero para llevar 184.000 km. no ha sido nada exagerado, consumibles, aceite, etc. lo normal vamos. A los 70.000 km. gripó el amortiguador trasero y se cambió, en todos estos kilómetros sólo ha necesitado dos reglajes de válvulas y se la han cambiado los muelles y los discos del embrague a los 170.000, poco más. Ahora se le nota que gasta algo de aceite y el motor vibra algo más –mayores tolerancias- pero sigue funcionando como un reloj y me sigue gustando conducirla.

Un amigo tiene una moto similar y ya lleva con ella 275.000 km. lo que me hace ser optimista en cuanto a la duración y aguante de la mía, por eso por ahora no pienso cambiarla, y si algún día me planteo hacerlo, intentaré que se quede en casa. Al igual que he podido recuperar la Montesa de mi padre, no me gustaría mucho tener que deshacerme de la moto con la que he conocido -¿recuerdas aquélla escapada a ver a Quique, Almu?- y he viajado con mi mujer y me gustaría que se quede con nosotros, aunque la utilice menos y tengamos otra moto en el aparcamiento -¿un maxi-scooter?-, esta moto aunque sea un conjunto de metales, polímeros y electrónica, es algo más para mí. Es la moto con la que conocí a mi mujer, y me costaría mucho reemplazarla por otra moto.




Y estoy seguro de que alguno de los que leéis esto, lo entendéis.


Nos vemos en la carretera.

martes, 11 de junio de 2013

La moto-moqueta

En algunos países la moqueta está muy extendida. Por ejemplo en los USA la utilizan en hoteles, pisos, casas, apartamentos, en múltiples lugares. En el Reino Unido también, incluso en el baño en algunas casas. Imagino que será para aislar del frío.
En  E.E.U.U. la he visto incuso en el salpicadero de muchos coches, imagino que para aislar del calorazo que dará en verano, digo yo.
Pero nunca había visto una moto con el piso de moqueta:



DETALLE:


Es que ya estoy viendo al anuncio de venta: Scooter de 125cc, como nuevo, muy cuidado. Extras: baúl, ABS y piso de moqueta.
"Hay gente pá tó"  que dijo el torero.

lunes, 3 de junio de 2013

Montes de Toledo: Verde y Azul.



-        “Date prisa en hacer la foto, que tengo los dos pies metidos en el agua”.

-          - “Voy, espera que esta cámara es un poco lenta”.


Ahora que lo pienso. Estamos con la moto en plena provincia de Badajoz, hemos salido hace un rato del Parque Nacional de Cabañeros ¿Y estoy rodeado de agua y con la moto metida en agua hasta el perfil de las llantas? ¿Eso que pasa por ahí es una lancha fueraborda? ¿Qué está pasando aquí?

Muy simple, en el año 1956, en plena aplicación del “Plan Badajoz”… http://cprmerida.juntaextremadura.net/cpr/primaria/guadiana/plan_badajoz.htm

desarrollado con el objetivo de “dotar a la agricultura pacense de un sistema mejorado de electrificación, riego, proceso de fabricación y transformación y de comercialización de productos agrarios” http://es.wikipedia.org/wiki/Plan_Badajoz se compone de tres embalses escalonados en la cabecera del Río Guadiana: Cíjara, García de Solla y Orellana. Tras dar durante buena parte de la mañana vueltas entre alcornoques, jaras y madroños, henos aquí con la moto convertida temporalmente en “moto acuática”.

 

Todo empezó como empiezan estas cosas: comentándole a mi mujer si le apetecía dar una vuelta en moto el sábado, antes que lleguen los calores del estío. Y como casi todos los años, nos hacemos una mini escapada por los Montes de Toledo en esta época que está la jara en flor y le da al monte una viveza y un color poco usual. Llevamos un mes de mayo algo atípico, con fresco, algo de lluvia y viento a finales de mes, así que apetece tomarnos un día motero con buen tiempo.


No madrugamos demasiado –en casa me defienden a capa y espada que los sábados son para no madrugar- pero salimos a una hora prudente dadas las circunstancias y a las 12:30 estamos tomando una café en Navahermosa, Toledo. 
El recorrido habitual desde Madrid es tomar la A-42 hasta Toledo, cruzarlo –no me gusta la circunvalación- para ver someramente la ciudad y tomar la CM-401 hacia Polán, Gálvez y en Navahermosa llegar a los pies del P. N. de Cabañeros. http://www.parquenacionalcabaneros.com/ El parque es enorme, y la ruta que hacemos nosotros habitualmente recorre el mismo en su vertiente más meridional, por la CM 4157, ya que discurre por una carretera solitaria, integrada totalmente en la vegetación y orografía del entorno, y que debido a su precario mantenimiento, “obliga” a circular despacio lo que acentúa el disfrute del paisaje.

 El día está fresco a esta hora pero promete calor, salvo que arrecie el viento. Tras la corta parada, tomamos la carretera de nuevo y nos desviamos hacia el sur, subiendo dejando Hontanar a la izquierda. Si os apetece, es recomendable el paso por Hontanar y visitar la ermita de La Milagra y, sobre todo, el Alcornoque homónimo, ya que es un ejemplar realmente singular: http://unpaseomanchego.blogspot.com.es/2012/01/alcornoque-de-la-milagra-o-de.html


Cuidado en este tramo, porque es breve pero la carretera está muy deteriorada; apenas queda asfalto aferrado entre sus profundos baches y la conducción se hace incómoda. Hace años que está así, pero los últimos ejercicios, la diputación de Toledo o el ministerio correspondiente, tanto monta, han descuidado el mantenimiento de esta carretera. De hecho, en un tramo llego a parar para comprobar que no tengo la rueda trasera pinchada, de lo que rebota el amortiguador trasero. Insisto, es un tramo corto, pero ir avisados.
 

No hay mal que cien años dure y una vez que comienza la carretera a adquirir más altura y entra en zona más boscosa, más “salvaje”, el asfalto mejora algo –se nota que hay menos movimiento de vehículos agrícolas- y se puede circular con más tranquilidad y soltura, tanto es así que Almu puede ir haciendo fotos. 

El monte está en su máximo esplendor; las lluvias y el sol primaverales obran un efecto reconstituyente en el paisaje que nos regala la vista –y el olfato- con verdes de muchas tonalidades, amarillos, ocres, grises y -por desgracia- incluso negros –un incendio machacó una zona del parque hace un año-.

 Breve parada en el Risco de las Paradas, del que ya he hablado aquí en alguna otra ocasión y seguimos hacia la derecha el llegar al cruce.

Seguimos carretera y decidimos pararnos a comer en un paraje que parece diseñado casi exprofeso para  tal fin, con sus dos acacias dando sombra, su hierba, su ligera pendiente para sentarnos cómodos y, por supuesto, con total tranquilidad. En la media hora larga que estuvimos comiendo, sólo pasaron por la carretera dos coches, imaginad la placidez del sitio.
 


Es hora de seguir, aunque algún miembro de la excursión pida siesta en la hierba, ejem. Cruzamos el río Estena por un vado rodeado de helechos, bajo la sombra de los Arbutus unedo”- los madroños que tan buenos momentos nos han dado en otoño en otras excursiones-, de alcornoques y robles.

La carretera comienza a ascender de nuevo –hasta ahora ha sido un continuo tobogán entre jarales, encinas y robles- y pasamos al tramo menos divertido de la carretera, una larga recta entre fincas que desemboca en la carretera CM 4106 que comunica Anchuras con Horcajo de los Montes. Si llegáis por aquí a la hora de comer y no se os ocurre donde, os puedo recomendar acercaros a Los Alares y dirigiros al bar de Carmelo http://visitalajara.wordpress.com/2011/05/17/los-alares/ un paisano campechano, majete y buen conversador que estará encantado de ofreceros lo que tenga en la cocina –que suele ser abundante y rico- y nada caro. Recomendable al 100%, de verdad.

Al llegar al cruce, queremos recorrer el Embalse del Cíjara por su parte sur, para lo que tomamos la carretera dirección Horcajo de los Montes. Este tramo de la ruta cambia la perspectiva del disfrute en la moto; si el anterior tramo era con asfalto roto, lento y rodeado de vegetación “salvaje”, este es todo lo contrario, buen asfalto, carretera divertida, para tumbar la moto con confianza y alegría, rodeado de paisajes adehesados de encinas y olivos.


Nos desviamos hacia Bohonal, pequeño pueblo situado entre las estribaciones de la Sierra del Algibe y la Sierra de La Lobera y entre los ríos Esteras y Guadiana que forman parte del Embalse del Cíjara. Rodeados de bosques de pinos y viendo a ratos el agua, circulamos por esta bien asfaltada y divertida carretera que comunica Bohonal con Helechosa, el pueblo que está más hacia el oeste y ya metido totalmente en la provincia de Badajoz.

 El embalse está “hasta arriba” y a los datos me remito: 1410 hm3, de un total de 1505 hm3 lo que significa que acumula casi el 94% de su capacidad y ocupa una superficie de 6565 ha, que ya es extensión. Es llamativo, porque vas rodando por la carretera y ves cómo el agua cubre la cuenca hasta la misma orilla –nada que ver con otros pantanos como el de Buendía, que está al 35%-, y se extiende por todo el valle inundando de agua, como si un de un pequeño mar interior se tratara.


El sitio quizá más llamativo de la ruta, antes de alcanzar Helechosa, es el bar La Barca, http://www.helechosadelosmontes.es/que_visitar.html situado en un estrechamiento natural del valle por el que tradicionalmente se cruzaba el río. Actualmente, un enorme puente inaugurado en 1987 cruza el embalse por este punto. Parada para descansar y tomar un café a la sombra, el sitio está bastante animado por gente que ha venido a comer –las raciones son bastante abundantes- y algunos de ellos “disfrazados” de llamativos colores acordes con sus lanchas fueraborda. Un par de cafés y un helado viendo el ir y venir de lanchas –algunas a unos cuantos nudos de más- suponen un rico y merecido descanso a la sombra del toldo en el bar.

Tras descansar y vestirnos de nuevo de “romanos” seguimos ruta hacia el pueblo, para acercarnos al pantano y meter los pies en el agua. A pesar de los comentarios de Almudena –le gusta el agua más que a un niño los caramelos- es el que suscribe el que mete las patitas, literalmente, en el líquido elemento para hacer las fotos. La verdad es que hay que reconocer que a la moto le pega esta estampa, metida en el agua y aparentemente relajada a la vez. Me dan ganas de probar a rodar más adelante, pero no me fío del fondo del pantano y como no quiero salir en Vídeos de Primera, desisto de la idea. 

Vuelta al pueblo –aún se ven los restos de la fiesta del Córpus- para tomar la carretera que llega hasta la presa del embalse y continuar hacia el norte, dirección Puerto Rey, ya en la N-502.

Este tramo de la carretera nacional, es divertido, ameno para ir en moto y con un paisaje en el que es demasiado fácil distraerse, lo cierto es que lo pasamos fenomenal bordeando el Parque de Anchuras y la comarca de La Jara, y es así casi hasta Talavera de la Reina por la que pasamos sin detenernos demasiado salvo para repostar gasolina. 

Un pequeño tramo de la autovía A-5 y nos desviamos en el punto kilométrico 87 para irnos dirección Escalona y evitar el trayecto por la autopista, que me parece aburrido y peligroso ya que el viento arrecia desde hace un rato. La tarde empieza a caer y pasamos cerca del Castillo de Escalona –famoso por don Álvaro de Luna sobre todo- http://es.wikipedia.org/wiki/Castillo-palacio_de_Escalona y sin detenernos continuamos carretera nacional hacia el norte, dirección San Martín de Valdeiglesias. 

Para los que no conozcan esta carretera, si la idea es continuar hacia Madrid, existe una pequeña desviación que os ahorrará algo de ruta y os dejará un curioso gusto de las viejas carreteras por las que se puede disfrutar sin prisa del paisaje. Pasado Almorox y el desvío hacia Cadalso de los Vidrios, sale a la derecha la M 541, una retorcida y rota carreterita que os dejará –tras probar la amortiguación de vuestra moto y el aguante de vuestra sufrida pasajera- en Pelayos de la Presa, en la circunvalación en realidad. Ya sólo os toca, girar a la derecha y marchar dirección Madrid, si es la dirección que os interesa. 


A nosotros sí, y no paramos ya hasta casa; la tarde está decayendo, pero la luz es perfecta –Almu dice que es la hora en la que todos somos guapos- y apenas hay tráfico por la Carretera de Los Pantanos.

En total, 489 km, un picnic casero, dos cafés, un magnum Frac y algo de gasolina, que no reflejan la sonrisa de satisfacción de una maravillosa jornada en moto.

Saludos cordiales.
PS la mayor parte de las fotos que se ven aquí, están realizadas por la "artista" de la familia, Almudena.